De parte del Ex-Presidente

Stefano Bolognini

¿HACIA UN «MODELO CUADRIPARTITO»?

Los modelos de formación de la API se basan oficialmente en un modelo tripartito: análisis personal, supervisión y seminarios.

Esta breve nota está dedicada a un posible desarrollo posterior, que parece estar «en el aire». Consistiría en añadir – conceptualmente al menos – un cuarto elemento que es esencial para la formación futura de los analistas: la adquisición de la capacidad de trabajar conjuntamente con los colegas y convertirse en una parte integral de las actividades de intercambio científico y la vida institucional, como una función constitutiva permanente de la identidad psicoanalítica.

En cuanto al individuo, cada vez más se reconoce que los psicoanalistas no deben ser profesionales aislados, ante el riesgo de una pérdida progresiva del conocimiento teórico y clínico. El psicoanálisis está en constante evolución y no hay ninguna razón por la cual el concepto de «formación permanente», que es aceptado en todos los campos de las disciplinas profesionales, no deba aplicarse también a los psicoanalistas.

Pero más específicamente, la exposición – a lo largo de los años – a los peligros de la contaminación inconsciente procedente de las proyecciones transferenciales de sus pacientes, que con frecuencia querría que fueran omnipotentes, aumenta el riesgo de que un analista aislado se convierta en un «gurú» local. Los intercambios institucionales permiten no sólo la actualización científica, sino también y sobre todo, el reconocimiento de nuestras propias limitaciones, a través de la comparación constante con nuestros colegas.

Otros factores subyacen en estas consideraciones.

Un factor positivo es que numerosos analistas contemporáneos están cada vez más interesados en compartir su experiencia profesional a través de grupos de trabajo. Así lo demuestra el creciente éxito de los grupos de trabajo y los equipos de trabajo en los diferentes Congresos, donde grupos de 10 a 15 compañeros trabajan juntos intensamente durante uno o dos días para debatir documentos o materiales clínicos, con metodologías específicas y continuidad en términos de la composición del grupo.

Estos analistas han mostrado su aprecio por, y su habilidad para obtener lo máximo, de la dimensión de grupo pequeño, que saca al individuo del aislamiento y permite a todos los participantes tomar parte activa en el trabajo compartido.

La dinámica de grupo también ofrece a los analistas la oportunidad de profundizar en los métodos de trabajo de compañeros de diferentes orígenes, salir de la auto-referencialidad cultural y regresar a su propio entorno de trabajo habitual, después de haber cambiado de alguna manera.

Un factor negativo, lo que nos motiva a pensar en un posible cuarto elemento de la formación analítica, es la creciente conciencia de las dificultades históricas experimentadas por los analistas que conviven en entornos institucionales organizados y estructurados.

La escisión continua de las sociedades psicoanalíticas es la demostración más clara de este fenómeno, que es casi omnipresente y muestra que, sin la formación y experiencia adecuadas en estos asuntos, esta situación seguirá su curso natural.

La habitual rivalidad edípica, tanto generacional como fraternal, y las intolerancias narcisistas personales encuentran un terreno fértil en entornos que – a pesar del análisis individual – se repiten con una frecuencia implacable y lacerante. El fenómeno parece afectar a todas las áreas del mundo API.

Por ello, el Consejo de la API ha aprobado recientemente la constitución de un nuevo Grupo de Trabajo sobre Asuntos Institucionales, específicamente dedicado al estudio científico de este problema institucional y a la prestación de apoyo para las sociedades, si así se solicita.

Naturalmente, no esperamos ser capaces de erradicar los problemas y conflictos narcisistas elaborando este aspecto durante la formación, pero podemos esperar que una mayor conciencia de este fenómeno pueda mejorar considerablemente la actitud interna individual y de grupo de los futuros analistas ante estos peligros.

Otro factor negativo que nos lleva a la hipótesis de un cuarto pilar de formación tiene su origen en el hecho (constante en el tiempo y la distribución geográfica) de que muchos psicoanalistas tienen una participación relativamente limitada en las reuniones científicas y administrativas a los distintos niveles (Institutos o Centros, sociedades nacionales, federaciones regionales, API).

Recuerdo una reunión de alrededor de unos cuarenta abatidos Secretarios Científicos/ de Programa de todo el mundo en el Congreso de la API en Barcelona (1997), en el que surgió claramente una constatación: en cada sociedad, el porcentaje de asistencia promedio a las reuniones científicas fluctuaba entre el 25% y el 30% de los miembros. Durante los años transcurridos desde entonces, muchas instituciones psicoanalíticas me han confirmado estos porcentajes de participación.

Este hallazgo se corresponde con el fenómeno igualmente ubicuo de los colegas que, una vez que han obtenido el título de Miembro de la API, desaparecen casi por completo, como si el título de psicoanalista se considerase como un título nobiliario «vitalicio», y no requiriera una formación colegiada a largo plazo. Esto también parece ser un fenómeno universal y serio.

En todos estos casos, existe el peligro de que, mediante la consulta del Listado, los colegas que viven en diferentes zonas dirijan a los pacientes hacia psicoanalistas sobre la única base de su estatus como miembro de la API, a pesar de que algunos de ellos pueden no haber asistido a cursos de actualización o intercambios o trabajo compartido con los colegas durante años.

Por último, también hay que mencionar otro peligro, que es menos dramático pero insidioso sin embargo: que los analistas, una vez calificados, se encierran en un «claustro» devocional y familial limitado a un pequeño grupo de referencia (con mayor frecuencia, como se sabe, siguiendo un supervisor anterior, más que su propio analista personal), para defenderse del contacto con la realidad más compleja que es el psicoanálisis hoy en día, tan internacional y tan polifónico.

De esta manera, al analista se le presenta la posibilidad/dificultad de salir desde una transferencia institucional estrictamente familiar, para abrirse a los equivalentes de la escuela secundaria, de lugares de trabajo fuera de la familia y de la vida socio-cultural en un sentido más amplio.

En última instancia, hay muchas buenas razones para reflexionar sobre este aspecto de la formación, a menudo inadecuado: la falta de atención – o la suficiente atención – a la «post-formación» y el valor de la participación continua a nivel científico, administrativo, institucional y comunitario. Las oportunidades para la colaboración en grupo durante la formación a menudo se limitan a asistir a seminarios en el Instituto con otros compañeros. Generalmente, no hay oportunidad para la enseñanza o el aumento de la sensibilización con respecto a los fenómenos de patología social que aquejan a nuestras sociedades, al igual que afligen a otros colectivos profesionales.

En el caso de los psicoanalistas, que están destinados a convivir unos con otros (¡con suerte de una manera fecunda y fructífera!) y combinar su realidad interna con la realidad externa de sus instituciones, creo que ha llegado el momento de empezar a pensar en términos de formación «cuadripartita», para acostumbrar a los analistas a cultivar la colegialidad como una dimensión útil y necesaria.